"Con esa cara de perro nunca harás amigos. Es normal que hayan creado el juego de Lady Denisa-Lady Desidia". En el fondo no le importaba yo. Lo que le preocupaba es que manchase nuestro apellido y eso le pasase factura a su popularidad. "Bueno querida, cada una tiene sus rumores, prefiero los míos a los tuyos, preciosa." Mi prima dejó de mirarse en el espejo para contemplarme a mí con su pintalabios aún en las manos. "¿Cómo? ¿De qué rumores hablas? ¿Qué dicen de mí? Si todo el mundo me adora. ¡Envidia es lo que tú tienes!". Solté una carcajada sarcástica y marché. "¿A dónde vas un domingo tan temprano?". Ella dio unos pasos hacia la puerta principal, hacia donde yo iba. "Lejos de ti." Repliqué. Di un portazo. El viento me acarició con ternura. Respiré. "Al fin domingo". A paso ligero inicié mi camino hacia el taller. El algodón del cielo amenazaba con lanzar gotas sobre los transeúntes que, advertidos por la televisión, iban protegidos por paraguas. A mí no me intimidaba el tiempo, así que ignoré los consejos meteorológicos. Subí la música de mi reproductor y sin percatarme tarareé las canciones que sonaban. Veinte metros más y habría llegado. Diez. Cinco. Llegué.
-Buenos días, Armaggio.
Como de costumbre miró hacia la puerta pero no respondió. Yo cogí mi silla, me senté a su lado y, sonriendo, me quedé observando al anciano forjar esas botellas de vidrio a mano.
Me encantaban los domingos.
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