jueves, 27 de abril de 2017

Cómo cambia la vida

Como cambia la vida y como cambian los acontecimientos. Día tras día vamos rumbo a lo desconocido. Vamos probablemente al mismo sitio al que nos dirigimos cada mañana, sin embargo no podemos afirmar que el lunes que viene será como este y este lunes no ha sido igual que el anterior. 

Hay personas que me preguntan que por qué cada dos por tres me tiño; fácil, porque no soy la misma que ayer, ¿por qué debería mostrarme igual? 

miércoles, 26 de abril de 2017

Sheerah. Reto 1.

Llueve.
El día que conocí a Sheerah también llovía. Era un día nostálgico, parecía que el gris del tiempo quería aposentarse en nuestros corazones y no permitirnos ver más allá de la melancolía. Yo no quería ser ayudado, pero Sheerah era así; generosa por naturaleza, esperanzadora como sus ojos color lima. Estaba sentado en la calle, ella se acercó con un paraguas y lo interpuso entre las gotas y yo, se agachó levemente para no hablarme desde las alturas y con suavidad me preguntó a qué estaba jugando. Creo que la mandé a “dar un paseo” o por lo menos quiero creer que fui mínimamente respetuoso. Sheerah me acarició el pelo con ganas, jugando, quería picarme y lo logró. A continuación me invitó a algo caliente en la cafetería de la esquina. Lo cierto es que el Molly’s parece más vacío y agrío desde que Sheerah no está. Todo, las miradas de la gente, el sabor del café, mi casa vacía… todo parece más amargo y oscuro desde que Sheerah no está. Todo es peor desde que fui un capullo.

A Sheerah se le notaba de lejos que era diferente. Incluso la gente dice que sus ojos eran demasiado amarillos, demasiado atípicos. A mí también me lo parecía, pero Sheerah era extranjera y yo lo atribuía a eso. No sabía yo cuánta razón tenían los otros. Su pelo era oscuro, su mirada intensa y su sonrisa permanente, habitualmente decorada con carmín. Su piel era nívea, suave y solía oler a ternura. Su voz era tenue, siempre hablaba bajo como si quisiera respetar la calma del silencio, tratando de no alterar el orden del lugar. “Si hablas alto, despertarás a los duendes que descansan”. Sheerah adoraba la magia, los duendes, las hadas, las brujas, los magos… Siempre me explicaba cuentos “para dormir mejor” o cuando despertaba me encontraba con mi cuerpo lleno de runas celtas. Ella era rara por naturaleza. Hacía cánticos extraños para darle amor a los acontecimientos o eso decía, vestía de tal  forma que parecía que quisiera crear envidia sobre la mismísima primavera y le encantaban las velas y farolillos. Creo recordar que nunca la invité a vivir conmigo, lo decidió por sí misma y apenas me dio tiempo a percatarme de lo que estaba ocurriendo. Maldita Sheerah. No la soportaba… O eso quería creer. Pero había algo, un misterio, un secreto. Sheerah siempre ocultaba algo. En ocasiones me la encontraba de madrugada hablando sola, como haciendo encanterios en el salón. Al principio le proponía volver a la cama, entonces ella me respondía con esos ojos cálidos llenos de ira. Con el tiempo me acostumbré a acurrucarme a su lado sin objetar, observándola sin mediar palabra. Le pregunté unas cuantas veces qué era lo que hacía esas noches, pero ella me sonreía con cara de extrañada con la intención de hacerme sentir absurdo, queriendo que me cuestionase mi propio interrogante; era como si quisiera que yo entendiese que me lo había imaginado o que era demasiado obvio lo sucedido como para explicarlo. Nunca supe cuál era su intención y puede que ya no valga la pena darle vueltas.
Recuerdo como si fuera ayer el día que Sheerah estaba tan alterada. Lloraba como si algo horrible le hubiera pasado, gritaba cosas sin sentido e iba de un lado al otro de la casa, yo la intentaba tranquilizar pero ella elevaba aún más el tono de voz si me acercaba, así que aquel día la contemplé desde lejos. Nada tenía sentido pero eso no me impedía seguir mirándola tratando de entender cómo funcionaba esa cabeza loca que tenía. Tras aquel suceso traté de sentarla en el sofá a hablar conmigo, a contarme qué ocurría y le insistí en que me explicase aquello que hacía de madrugada. Y finalmente, me lo reveló…
Sheerah no era una humana común, tenía ADN de dragón en sus genes. Sí, aquella chica rara era mitad dragón. En ese momento recuerdo que quedé atónito. “Imposible. Sheerah es imposible. ¿¡Cómo vas a ser un dragón!? Venga ya.” Sheerah se enervó como nunca antes la había visto. Su nariz empezó a adoptar una forma rara, sus dientes parecían tornarse más afilados y su piel dejó de parecerme suave… Estaba mutando o cambiando o transformándose o… Hay tantos sinónimos para decir que esa muchacha se estaba convirtiendo en un bicharraco.
-Sheerah frena, Sheerah me estás dando miedo…¡Sheerah!- La piel de Sheerah se tornó completamente negra y llena de escamas, de su espalda parecieron salir dos montículos que deduje que serían alas, su pelo se asemejaba a gramos de ceniza enganchados entre sí.  Ella se abalanzó sobre mí, me impidió moverme y amenazaba con morderme. Estaba acongojado. Sentía pánico en estado puro. Sheerah empezó a reírse y de su boca salieron  bocanadas de humo lo cual daba mucha grima.
-¿De verdad creías que iba a hacerte daño? – Pronunció acariciándome las piernas con la cola.
-¡Y yo que sé! Igual se te había ido la cabeza al transformarte en monstruo.
-¿Monstruo?- El rostro de Sheerah cambió por completo, en él se reflejaba un gran sentimiento de pena -¿De veras me consideras un monstruo? ¿Así es como me vas a ver a partir de ahora? – Sheerah estaba a punto de echarse a llorar.
-¡Que no, mujer, que no! Yo… yo… te he nombrado mujer ahora mismo, ¿lo ves? Para mí todo es como siempre.
-Eso es una expresión y te ha salido de forma automática.
-Ya, bueno, permíteme acostumbrarme a todo esto. A cualquier humano le hubiera sorprendido.
-Eres imbécil – Sheerah parecía tremendamente ofendida.
Los días trascendieron con sus miradas hacia a mí cargadas de odio, la casa llena de humo de sus resoplos y la comunicación pésima. “ ¿Y si te traigo  un cordero para que lo degolles?” ¿Podría una broma de ese estilo funcionar? No, supongo que no. Decidí que ya se le pasaría. Uno de los días posteriores salí a pasear. Cuando entré por la puerta, Sheerah no estaba. La llamé varias veces al teléfono móvil pero no respondió. Tampoco contestó los cuatro días siguientes, ni dio señales de vida, ni indicó a nadie dónde iba a estar. Una mañana desperté sobresaltado por el escándalo que alguien estaba montando al golpear mi puerta y explotar mi timbre.

-¿Quién es?
-La Secreta. Trabajamos para el gobierno -La Secreta en mi puerta y yo en gayumbos.
-Un segundo que he de vestirme.
Tras entrar me comunicaron que conocían la existencia de Sheerah, También sabían lo que era y que solía hospedarse en mi casa. En medio de la conversación volvió a sonar el timbre. Era María. María había sido el gran amor de mi vida. Pasamos varios años juntos y cuando decidimos ir a vivir juntos, se fue sin dejar rastro. Al parecer, era una de las jefas de la Secreta.
Ella me explicó que Sheerah era un ser muy peligroso, que debían controlarla cuanto antes y que de no poder hacerlo, tendrían que “hacerla desaparecer”, por el tono empleado se dejaba entrever que era un eufemismo para indicar que la matarían.

-¿Matarla? ¿Pensáis matar a Sheerah?  Ella nunca haría daño a nadie. ¡La he visto tratar a niños como ni siquiera los humanos lo hacemos, salvar animales heridos en la calle e incluso devolver arañas a su lugar de origen con ternura! No puede ser que Sheerah sea tan violenta como creéis. ¡No la conocéis!
-Ni tú tampoco. Dime, ¿cuánto tiempo ha estado aquí ella? Probablemente está fingiendo para que confíes en ella y luego utilizarte o incluso puede que comerte. ¿Has oído lo que hacen las serpientes? En muchas ocasiones se acuestan en la cama de sus dueños estiradas completamente. Algunos lo consideran un hecho entrañable cuando lo que verdaderamente está haciendo el animal es tomando las medidas para comérselo, los dragones son familia de las serpientes.
-No sé, María… No es que no te crea, es que es un tema delicado – María indicó al resto de agentes que se marchasen, que quería hablar conmigo a solas. En cuestión de segundos, ella, mi dulce María, la persona por la que más he llorado y la que más he querido, estaba sentada frente a mí, tratando de convencerme para, no nos engañemos, matar a Sheerah.
María me indicó que podrían pagarme millones, que obtendría una lujosa y enorme casa cerca del mar, que nunca me faltaría de nada. Incluso me insinuó que podría volver a intentarlo conmigo. Empecé una botella de vino. Casi sin darme cuenta, acabé haciendo el amor con ella, reviviendo recuerdos, sintiéndola cerca y engañándome al decirme que era como si el tiempo no hubiera fluido entre nosotros.
María insistió en que esto podría ser nuestra realidad. Ella, yo, una casa enorme, todo el tiempo del mundo, permitiéndonos toda clase de lujos… Si realmente Dios existiese, se avergonzaría de verme disfrutar con el pensamiento teñido de lujuria y avaricia que contenía aquello que la mujer me expresaba. El plan parecía sencillo: entregar a Sheerah y vivir  por lo tanto a cuerpo de rey. ¿Quién iba a resistirse a eso? Alguien con la moralidad alta, supongo. Alguien imbécil. Desde luego, ese alguien no era yo. María insistió mucho en lo crueles y despiadados que eran los dragones, remarcó que eran seres que no deberían existir en este planeta, que los humanos debíamos ser los todo-poderosos y que el resto de especies debían someterse a nosotros. Era un discurso atractivo y bien planteado, completamente opuesto a los que Sheerah me solía ofrecer. La mujer dragón era pro-vida. Solía soltarme inacabables sermones sobre la igualdad entre especies, la defensa de los más débiles y la comunicación para que las guerras dejen de existir. Sheerah, amiga, ¿de qué te servirá tu comunicación cuando estos humanos te tengan atada de pies y brazos?
María no tardó demasiado en irse y dejarme solo en casa. Un estruendo acaparó mi atención, provenía de las habitaciones. Cuando entré mi primera visión fue una bola negra y roja posada en el suelo. “¿Sheerah? ¿Eres tú?”. Me aproximé para ver de cerca qué ocurría y cuando estuve a punto de tocarla, noté un dolor puntiagudo en mi mano. Me aparté de golpe y me descubrí cuatro arañazos bastante profundos en ésta. Mi pulso temblaba. Sheerah se desplegó quedando estirada en el suelo. Tenía una gran herida a la altura del estómago, de ahí provenía la sangre que le había dado un aspecto carmesí cuando estaba replegada sobre sí misma.
-¡Estás herida!
-Déjame en paz… - A Sheerah le costaba respirar. Tosía y de su boca salían gotas escarlata. Su aspecto era tan débil que me asombraba. Jamás creí que tendría la desfortuna de observarla tan apagada. Aun así, para mi sorpresa, me parecía preciosa envuelta en su armadura de color carbón; su propia piel.
-Deberíamos tratar esa herida
-Que te calles, humano- en ese instante, las palabras de María sobre las serpientes resonaban en mi cabeza. Debía tener razón sobre los dragones.
Sheerah, al comprobar que no obtenía respuesta decidió proseguir con el discurso.
-Perdona. No debería haberte hablado así. Estoy bastante cansada.
-Y herida.
-Y herida. No tengo ganas de hablar. Sanaré por mi propia cuenta, no necesito la ayuda de herramientas humanas. Gracias por tu preocupación, de todos modos.
-De acuerdo. Te dejo sola, pues, estaré en el salón. Avísame si necesitas algo.
-Lo haré, gracias.

Tras esa conversación, Sheerah se encerró en la habitación, atrancó la puerta y no volví a saber nada de ella en tres días. Durante esos días me dediqué a reflexionar sobre cuál era la mejor opción. ¿Debía entregar a Sheerah? ¿Sería eso un comportamiento desalmado? Finalmente llegué a una conclusión. Cogí mi móvil y escribí un mensaje a María. “Está aquí”. Por un instante, dudé. Si enviaba ese texto, Sheerah moriría y yo sería su asesino. Cerré los ojos tratando de reflexionar sobre qué era lo correcto. Por un lado, la voz del pequeño Will me recordaba que Sheerah era buena persona, Will era un niño al que Sheerah adoraba y trataba como su hermano pequeño. Siempre tenía detalles con él, lo cuidaba como si fuera la única persona en la faz de la tierra capacitada para hacerlo y lo mimaba aún más de lo que cuidaba al resto del mundo. Por el otro, las escenas de la noche vivida con María me nublaban el sentido del raciocinio. Le di a enviar. El hecho de pensar que María volvería conmigo podía sobre cualquier sentido de la moral. Fueron segundos lo que tardé en obtener respuesta. “En media hora estamos allí”. Cobarde de mí, salí de la casa. No quería oír los gritos de Sheerah cuando se la llevasen o la matasen. Mis manos no se llenarían de su sangre, pero era el verdadero culpable del crimen. Era el traidor.
Fuera de la casa me senté en un banco contemplándola de lejos. Vi como los agentes de la Secreta entraban en ella e invadían mi espacio. “Sheerah… ¿Has sanado ya?” Vi como María también apreciaba el espectáculo desde fuera. Sin saber bien cómo lo hicieron, de la nada surgió una esfera blanca que envolvía mi supuesto hogar. “Sheerah”. Al principio no se veía nada salvo la esfera, pero pocos segundos más tarde, las llamas daban un tono cálido a la burbuja nívea. “Sheerah”. Unos hombres salieron de la casa, uno de ellos cojeaba,  otro se apoyaba en un compañero y al llegar a la esfera, me percaté de que presionaban hacia fuera pero no podían salir. ¿Y ese globo de quién era? ¿Sería de Sheerah? ¿De los de la Secreta? Me aproximé a María para ver si ella tenía información.
María no me respondió. Se limitaba a observar con expresión hierática. Traté de cogerla del brazo pero me dio un codazo. En ese momento se fijó en que tenía unas heridas en la mano, los arañazos que Sheerah me hizo. “¿Ves como es un monstruo?”  Susurró sin mirarme demasiado. Yo seguía intrigado por el conflicto que se había generado en mi casa. Finalmente, la burbuja se desvaneció. En ese instante vi a Sheerah llena de cuerdas, con varios puñales clavados en su cuerpo y siendo disparada desde diferentes ángulos. Puedo jurar que casi pude sentir como se me paraba el corazón a la vez que mis ojos se empañaban en lágrimas. “Sheerah”. La dragona luchaba por liberarse mientras rugía. Tanto los gritos de dolor como los disparos se oían por todo el vecindario.  Algunos vecinos se aproximaron a comprobar qué sucedía, entre ellos, el pequeño Will. El niño luchaba contra los brazos de su madre para ir a rescatar a Sheerah. Sollozaba y lloraba a borbotones. Margaret, la dueña del Molly, también lloraba, sin embargo no hizo el amago de acercarse. “¡Sheerah!” grité. “¡Sheerah libérate! ¡Préndeles fuego!”. María no hizo ningún comentario. Ni siquiera me miró. Intenté aproximarme pero la chica me cogió del brazo con fuerza impidiéndomelo. “Si te acercas, te pego un tiro”, me dijo. “¿Qué he hecho?” me uní al llanto de Will. Sheerah forcejeaba tratando de lanzar bolas de fuego, estaba muy herida y a sus enemigos no parecía hacerles nada el elemento ardiente.  “Sheerah, Sheerah…”. Sheerah rugía en forma de lamento. La culpa se apoderó de mí y salí corriendo hacia ella. “Sheerah, ha sido culpa mía, yo les he dicho donde estabas. Sheerah, lo siento, lo siento muchísimo”.  María me disparó en la pierna y dejé de correr. La dragona no respondía, solo lloraba. Dejó de luchar y poco a poco se fue transformando de nuevo en humana. “Déjame hablar con ella” le indiqué a María, “por favor, por favor”. La chica inexpresiva me hizo un gesto con la cabeza queriendo decir que hiciese y me aproximé a Sheerah. La dragona se había convertido completamente en humana. Los agentes habían dejado de disparar pero Sheerah se mostraba llena de perforaciones por todo el cuerpo. Las balas que la habían atravesado eran de oro. Miré a uno de los policías enseñándole una bala, éste me respondió gritando que ese es el único metal capaz de herir un dragón.
-Sheerah yo…
-Cá-cállate, humano.
-Lo siento, todo es culpa mía, lo siento, lo siento muchísimo.
-Pero… ¿por qué?
-Fui imbécil y egoísta. Te traicioné.

Sheerah cerró los ojos. “No, Sheerah no me dejes, Sheerah por favor quédate”. No me entendía. Yo había provocado todo eso a consciencia, yo había llamado a María, yo había decidido hacía apenas unas horas que este era el destino que escogía para ella, yo la había matado y ahora… Ahora lloraba. Ahora me arrepentía. Tenía a Sheerah desangrándose entre mis manos. Al parecer, sí había manchado mis manos de sangre, de su sangre. “Sheerah, vamos, eres una dragona, no puedes morir, no puedes morir”. La semi-dragona respiraba con dificultades. Había cerrado los ojos y no parecía que fuera a abrirlos de nuevo. Y Sheerah dejó de respirar. El mundo se paralizó para mí en ese instante. Los agentes me dieron órdenes de alejarme del cuerpo inerte de la dragona pero mi cuerpo no me respondía. Entre varios me sacaron del escenario. Me alejaron de la casa y mientras lo hacían yo miraba a María. Ésta no me devolvió la mirada. El pequeño Will vino hacia a mí y empezó a pegarme. “¿Qué has hecho? ¿Por qué narices lo has hecho? ¿Quién te has creído que eres?”. La ira y el odio se  habían apoderado del niño y nadie lo detuvo, y yo tampoco quería que parase.

~
-Debería haber apostado por este final.
-Disculpa, ¿y tú eres?
-Un agente de la Secreta. También un leprechaun.
-¿Perdón?
-Una especie de duende. ¿Qué harás ahora que lo sabes, entregarme a estos viles como hiciste con Sheerah?
-¿Me estás juzgando?
-Pues claro que lo estoy haciendo. Pero no te preocupes. Eres humano. Los humanos sois así. Egoístas, traicioneros, mentirosos, despreocupados, crueles… Está en vuestra naturaleza. La gran mayoría sois así. Por eso te comentaba que debería haber apostado.
-Igual sí debería entregarte.
-Atrévete. Los dragones son seres nobles; luchan por los que quieren, se esfuerzan en promover la paz, tienen el corazón puro, siempre ayudan a todo el mundo incluso a sabiendas de que ese individuo al que tiende la mano se la puede arrancar en cualquier momento. Pero así son los dragones, seres dignos, no como los humanos o los leprechaun. Porque sí, yo soy igual que tú, humano miserable, tengo la pura maldad corriéndome por las venas – Sentí una punzada de dolor que me destrozó por dentro. Me dolía mucho el pecho y sentía retortijones en el estómago.
-No es eso lo que he oído decir sobre los dragones.
-Y qué te van a decir los que son como tú. ¿Sabes por qué han matado a Sheerah?
-Porque es peligrosa.
-Para estudiarla. La han matado para llevarla a los laboratorios y ver cómo vosotros podéis beneficiaros de esa especie que es, de lejos, superior a la vuestra. Probablemente intenten mezclar la genética de Sheerah con alguna otra persona o algo así y poder crear humanoides alados o escupe-fuegos, puede que incluso lo que busquen sean sus escamas capaces de soportar las balas comunes.
-No puede ser.  Mientes.
-¿Que yo miento? Mira, estúpido, te estás tratando de autoengañar porque no asimilas el gesto tan despiadado que acabas de realizar. Yo no colaboraré en tu búsqueda de la autocompasión, porque, je, no soy un dragón. Te diría que pidieses ayuda a Sheerah para ello pero fíjate tú que va a ser imposible porque la has matado. Pero bueno… Por cierto, ¿sabes qué se me ha ocurrido? Ya que no pude apostar por la muerte de Sheerah, haré otra apuesta. Me apuesto 600 pavos a que María se olvida de ti- Tras ese último comentario, el leprechaun marchó riendo.

Pasaron semanas y no volví a saber nada ni de María, ni del leprechaun. La historia pareció quedar atrás. Yo lo prefería. Estaba ocupado preparando el papeleo y las cajas de la mudanza. No quería volver a aquella casa que se veía tan solitaria y llena de dolor. Quería dejarlo todo atrás, volver a empezar, olvidarlo todo y sobre todo, olvidar a Sheerah.

Hoy llueve.  Es el último domingo del mes y como cada domingo, vengo de visita a mi antigua ciudad. Los parques están vacíos, por las calles a penas deambulan algunas personas con los rostros largos y a lo lejos vislumbro la que fue mi antigua casa. Los nuevos dueños la han redecorado; la fachada es distinta, han plantado flores en aquel jardín que yo tenía descuidado y hay algunos gnomos. Reí. “¿Seréis leprechauns? ¿Hadas quizás? ¿Alguna especie de bruja que vende pócimas extrañas a los niños para que duerman en paz o tengan pesadillas?”.
Sigo paseando. El Molly’s parece más muerto que nunca y en días como hoy me parece oír un rugido provenir de entre las gotas que parece  decirme  que Sheerah no me ha perdonado.





Una historia de Nye Lynn.

lunes, 24 de abril de 2017

Y entonces lo vi... era enorme pero se hizo pequeño por sus inseguridades, y lo sentí, quería acurrucarle en mí y demostrarle que el mundo no iba a hacerle daño mientras se cobijase bajo mi calor
Es curiosa la mente humana. La distorsión de la realidad, complejos, autotortura, la percepción de un@ mism@ bajo adjetivos calificados como negativos, el autoboicot... es contradictorio para la propia existencia.

Cosas de pueblo:


Vas a nadar, te encuentras con la vecina, la vecina de tu abuela y la madre de una compañera del cole.
Descansando empiezas a hablar con un hombre del otro carril. Resulta que es Basilio "el camionero" , que a su vez es padre de "El Luís" y te manda saludos para tu abuelo Antonio "el gasolinero".
Más tarde en el vestuario charlas con la adorable Sra. Pepita, te actualizas con la Sra. Carmen y conoces a la aventurera Sra. Encarna.
Vivir en el pueblo no está tan mal.
"Y ahora a la izquierda, al final de la calle a la izquierda de nuevo y luego tuerzo a la derecha. Voy a correr un poco para llegar antes. Las escaleras... las salto, que se note que practico parkour. Ale-hop. Corro en línea recta y la siguiente a la derecha de nuevo. Y... ¡llegué!"
-¡Eeeeeerikaaaaaaaaaa! ¡Eeeeeerikaaaaaaa! ¡ERIKA!
-¿¡No puedes llamar al timbre como la gente normal!?
-¡Pero es que cuando grito te asomas!
-¡Niñato! ¡Un día te tiro un cubo de agua!
 ¡¿Vienes a dar una vuelta?!
-¡Mañana tenemos examen!
-¡Aburrida! ¡Estrecha!
-¡Y tú imbécil!
-¡Si te bajas te prometo que te presento a mi hermano!

"Como si a mí el que realmente me interesase es tu hermano... Eres tan idiota. Deja de gritar mi nombre con tanta euforia porque cuanto más lo haces, más me enamoro."

-¡Bájate! ¡Vaaa!
-¡¡Que ya voy, pelmazo, pero deja de gritar!!

¿Rara?

“¿Por qué eres tan rara?”

Dicen, dicen… 
Que soy extraña, que no se me entiende, que me excedo en dramas y neuroticismo, que soy la alegría de la huerta. Que me sobran canas y me faltan ganas. Que derrocho simpatía y mal genio, entre mi contagiosa sonrisa y lo llorona que soy. Que mis películas son de óscar, y que soy una responsable sin cabeza. Que observo el minutero pero siempre pierdo el tiempo y que debería estar quieta y a su vez moverme más. 

Rara no, rara no me gusta; peculiar.

jueves, 20 de abril de 2017

Universalista

En el fondo la vida es un poco bucle... Soy bastante creyente del universo, que los acontecimientos son hilos que se entrelazan, que las personas somos energías. El resto de gente no sé qué opinará al respecto, pero yo creo que la vida sigue una especie de patrón, por eso hay situaciones que se pueden prever, porque se han vivido algunas parecidas anteriormente.

Stop

A veces vale la pena decir "stop", pedir un tiempo muerto, sentarse un ratito y decirse a uno mismo "hey... ¿qué necesitas?". Los paseos solitarios de reflexión están infravalorados en esta era. Vivimos en un tiempo de locura psicológica; pensamos mucho, hacemos tonterías y dejamos poca rienda suelta a los sentimientos. A su vez, parece que ocurre lo mismo con el compañero, es mayormente visto como un enemigo antes que una mano cooperativa. ¿Qué estamos haciendo? ¿Qué estás haciendo tú, lector? ¿Y yo? ¿Qué narices estoy haciendo yo?