Era verano. Los niños disfrutaban en el parque, los adolescentes, entre sus bicicletas y altavoces rondaban por las calles como si vigilasen el barrio, y con respecto a los adultos, algunos se relajaban en sus casas o bares, otros, se preparaban para afrontar la jornada laboral que les caería encima en cuestión de horas dando por finalizado el fin de semana.
El cielo tenía un color espectacular, los colores del atardecer acomodaban unas nubes de algodón del color de la paja. Era algo precioso de ver, atípico pero no excesivamente extraño. Algún anciano afirmaba haber visto antes el cielo así. Casi de forma repentina, empezó a llover. Gotitas de agua dorada caían del cielo generando sorpresa en todo el ser humano. Este fenómeno sí que era novedoso. Lo que los humanos no sabían, es que estas gotas contenían diminutos seres en su interior.