Y entonces todo cambió,y volví a sentirme igual de perdido que unos instantes antes. Solo que en ese instante estaba solo. Mi madre dijo que lo tenía todo bajo control. ¿Y si el plan no funcionaba? La mirada llena de rabia de mis secuestradores me perseguía a la vez que se percataban como su rehén huía en el tren, sin que ellos pudieran hacer nada. Un crío de ocho años,tan sólo ocho años, les había pasado la mano por la cara.
Todo comenzó con mucha antelación. Mi madre sabía que me iban a secuestrar. Sabía que la agencia no descansaría hasta que ella volviese al equipo. Sabía que sin ella, el dinero se acabó. A mí me resultaba curioso. El rostro dulce y angelical de mi progenitora no era precisamente el que mejor encajaba con la definición de “ladrón”. La mirada protectora y seráfica de mi madre no entraba en el perfil de aquélla persona que se apodera de los bienes ajenos. Pero era así, la mujer trabajaba para una agencia de atracadores. Cuando era pequeña se adentró en el mundo de la gimnasia rítmica, eso le ayudó a poder hacer con su cuerpo posturas tan extravagantes, que si cualquier persona no atlética las hiciese tendría que ir al hospital instantáneamente. Acompañada de dietas y artilugios, mi madre volaba. Su cuerpo actuaba con toda libertad. Para ella no existía la gravedad. Para ella no existían los obstáculos. Se adentraba en las casas ricachonas a través de ventanas, chimeneas, conductos de aire... Cualquier agujero por pequeño que fuera era suficiente para que el pequeño cuerpo de la saqueadora se introdujera en el hogar y robase todo aquello de gran valor. Diamantes, joyas, dinero, etc. Además, en la agencia le proporcionaron la información necesaria para poder abrir cajas fuertes. Existía un código universal. También aprendió a abrir puertas con tarjetas de crédito y candados con horquillas. Nada ni nadie podía con ella. La policía lloraba de impotencia al ver como cada vez que la cogían se las apañaba para no pisar los pies en el edificio donde tenía que pasar una buena parte de su vida sin ver el sol. La agencia la adoraba. Le bautizaron como La Reina de los Bandidos. Era su principal fuente de ingresos. Pero un día el chorro se les acabó. Cuando nací, mi madre pidió más tiempo libre, por lo que las ganancias empezaron a bajar. Al cumplir los seis, mi padre, un gracioso escultor muy crédulo murió. El pobre hombre falleció sin saber que su esposa no era una química importante que trabajaba de noche en una empresa de productos de limpieza y perfumería, si no una mezquina maleante.
Mi madre debía pasar más tiempo conmigo. Menos horas. Menos beneficios para la agencia. La compañía de robos, estaba enfurecida.
Al cumplir los siete, mi madre estuvo a punto de morir en una de sus misiones. El dueño de la mansión a la cual entró, se percató de la ladronzuela y la desafortunada advirtió que el ricachón tenía un revolver en la mano derecha. Le dio en el muslo. La mujer estuvo de baja mucho tiempo. Al final optó por dejar el trabajo. Era lo único que me quedaba en el mundo. Le desgarraba por dentro la idea de que acabase en una familia de acogida o un orfanato. Los desgraciados rateros la empezaron a odiar. Mi madre ya se lo había imaginado y preparó una mudanza lo menos escandalosa posible e ideó varios planes. Ya contaba con que o me iban a secuestrar,o iban a hacernos la vida imposible,entre otras posibilidades. A través de fuentes amigas se enteró de que al final,el plan era venir a por mí. Mi madre se imaginó como se haría, ya había trabajado muchos años con la agencia y sabía cómo funcionaban.
El día de mi secuestro, entraron un buen puñado de hombres a mi casa. Dañaron a mi madre, ella gritaba y lloraba. Sobretodo gritaba que no me llevasen. Gran actuación, mamá.
Me introdujeron en un coche. Me iban a llevar a mar abierto. A un yate. Una vez en el coche, una mujer de labios rojos me cacheó. Yo conocía lo que buscaba. El localizador de detrás de la oreja que no llegó a encontrar. Me pasó un cacharro que servía para localizar objetos metálicos. Estaba envuelto en plástico. No iba a pitar. Me fascinó comprobar cómo la astucia de mi madre podía con ellos. El viaje era largo. En cuanto paramos por una gasolinera pedí de ir al baño. Me dejaron ir,pero no solo. Un hombre me acompañó. En los calzones llevaba una especie de líquido en una jeringa que lo haría dormir un buen rato. El hombre había bajado la guardia,total,era un crío. Mal hecho. Antes de que pudiese darse cuenta de mis intenciones ya tenía el líquido circulando por sus venas. Se lo clavé rápidamente en la mano,antes de que pudiese sacar cualquier arma. Aproveché para salir por la ventana. Entré rápidamente en un coche ajeno. Mis enemigos me vieron. En cuanto el coche arrancó, lo siguieron. A mi conductor casi le da un infarto al verme salir de mi escondite bajo el asiento trasero y pedirle que acelerase,gritando que esos desgraciados venían a por mí. La histeria le impidió pensar. Obedeció. Íbamos a una velocidad vertiginosa. Le pedí que me llevase a la estación más cercana. Lo hizo. Los ladrones iban pisándonos los talones. En cuánto bajé del coche, también lo hicieron ellos. Iban disparando sin calcular. Una bala estuvo a un pelo de atravesarme la yugular. Corrí lo más rápido que pude infiltrándome entre la gente. Ni siquiera saqué billete. Me colé. Tuve pánico. ¿Y si el tren tardaba en venir? No tenía ni idea de cuando llegaba el próximo tren. No me equivocaba. Faltaban unos minutos para que el tren llegase. Pero había una gran cantidad de gente,me podía esconder. Así lo hice. Los rateros no me encontraban. Dispararon al techo amenazantes, pidiendo que todo el mundo se echase al suelo. Me escondí bajo un gran golden retriever. Estuvo a punto de aplastarme,pero no lo hizo. Controló su peso con sus patas. Nunca le había agradecido tanto algo a alguien. El tren llegó. Las puertas se abrieron. Esperé a que estuvieran a punto de cerrarse. Cuando el pitido anunciaba que se cerraban,corrí hacia ellas. Cuando acabé de pasar, las puertas se cerraron. A ninguno de los estúpidos cacos se les había ocurrido entrar. Me miraban llenos de ira. O eso pensé, hasta que vi que se me había escapado uno,estaba en el vagón contiguo. Me dirigí a gran velocidad hasta el final del tren. Él me siguió. Justo cuando llegué al final del tren y creía que me había alcanzado,las puertas se abrieron. Salí lo más rápido que pude. Los demás bandidos también estaban allí. Uno me halló. Huí. Al final logré salir de la estación y meterme en un taxi. Le pedí al taxista que me llevase a la playa. Reparó en que nos seguían. Yo lloraba. Estaba exhausto.Aceleró sin preguntar. Al llegar a mi destino, caí en la cuenta de que había muchos coches de policía. Al bajar del coche color abeja, vi como lo hacían también los ladrones. Y corrieron hacia a mí. La policía los cogió a tiempo. Me llevaron a comisaría, a ellos no sé,los perdí de vista. Preguntaron por mi madre, sabían quién era. Respondí que desconocía su paradero y les expliqué el secuestro. Tuve que dormir en comisaría. De buena mañana hubo agitación por una banda de gamberros adolescentes. Con el jaleo aproveché para irme. A lo lejos vi un coche granate y muy viejo. Tuve un presentimiento. Me dirigí hacia él. Subí sin pensar.
-Hola mamá
-Buenos días. ¿Qué tal has dormido?
-Mamá. No me gusta tu “nuevo” coche. ¿Es robado?
-Pues a mí sí me gusta
-No vas a responder. Oye,estabas en la gasolinera,¿no?
-Sí.
-Y en la estación,y junto al taxi ¿no?
-Sí
-No sabía que eras tú,podrías habérmelo dicho,he pasado mucho miedo,aunque... formaba parte de tu plan,¿verdad?
-¿Te apetecen unos churros?
-Mamá...
-¿Qué te parece Suiza?
-¿Suiza?
-Sí,Suiza. – Y tras el último comentario me dio unos libros sobre el país,unos diccionarios de español-francés,español-alemán y español-italiano y emprendimos un largo viaje hacia una vida nueva.