La vieja señora Lynn observaba jovial la calle. Disfrutaba
viendo a los transeúntes ir y venir desde su terraza, con su rutinaria taza de
café hirviendo en la mano. Las arrugas de sus ojos y boca, dibujaban la historia
de alguien que ha sido feliz. Sus canarios acompañaban las mañanas con melodías
que se sumaban a la sensación de bienestar de la anciana. Ella, entretenida,
imaginaba a dónde se dirigirían esos individuos que desde las alturas parecían
haber menguado su tamaño. ¡Qué poquito necesitaba la mujer para divertirse!
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