Siempre me he descrito a mí misma como un torbellino de emociones. Un día estoy en lo más alto, en la cima de la felicidad, gritando,saltando,cantando y a los pocos minutos me hundo en la miseria y la desesperación,en la desesperanza. No creo en mí, no quiero hablar, ni salir, sólo quedarme en un rincón. Y luego vuelve la alegría desenfrenada. Y la ira,cuando me enfado y los nervios cuando una situación me preocupa y se mezcla todo y no sé con claridad qué siento.
También me defino como una cría pequeña. Todo me hace ilusión,las cosas me fascinan y sorprenden. Todo me parece bonito y estupendo, todo es magnífico. La vida, el mundo, tienen colores y yo me dejo atraer por ellos. Siempre tengo esa sonrisa dulce y sin picardía que estoy dispuesta a regalar a cambio de nada o simplemente otra igual. Incluso muchas veces no entiendo las ironías o bromas. Vivo en mi propio mundo de ensueño y fantasía en el que todo es perfecto excepto mi propia bella dona, que no es poca y no hay que quitarle importancia.
Pero... me he dado cuenta de que encima soy intrascendente. Soy una de esas personas que no importa su presencia o ausencia. Que sí, que si estoy doy un poco de juego al ambiente porque soy activa y dinámica pero mi ser no tiene peso en las situaciones. Que no importa si estoy o no... Que no valgo lo suficiente como para "tener un sitio",porque en todos soy eso, intrascendente.
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