sábado, 7 de diciembre de 2013

Introducción


El día que se encontraron por primera vez Annêlise no llevaba su mejor vestido, ni él calzaba su amabilidad. Annêlise llevaba el uniforme representativo de un colegio privado de gama alta. Su aspecto era el de una chica normal,no se excedía en maquillaje, ni llevaba complementos que la hicieran especial; porque esa era su intención, ser una adolescente discreta. Shen, en cambio, llevaba una gran cresta roja, varios tatuajes en los brazos y un piercing en la ceja. Su vestuario era oscuro, con detalles rojos representando el fuego y unas grandes botas militares. Annêlise prefería no cruzar la mirada con la gente por miedo a que pudiesen hurgar en su interior, a diferencia de Shen que disfrutaba creando tensión a través de sus ojos; unos profundos ojos color caramelo llenos de vida y rebosantes de ilusión, completamente contrastados por los azules y fríos ojos de Annêlise. El castaño y largo pelo de la joven tampoco sobresaltaba de entre el de las demás chicas; y si en algo destacaba la chica era en el cuidado de sí misma. Solía evitar conflictos o situaciones embarazosas e incluso era capaz de dar varias vueltas con tal de evitar a alguien, algo inimaginable para él.
A pesar de que la dulce Annêlise andaba cansada aquel día, su  nostálgico estado de ánimo le impedía llegar a casa temprano, así que decidió alargar y complicar un poco más su trayecto. La chica caminaba perdida, con la mente nublada y los pensamientos dispersos, nada le llamaba la atención, todo le parecía irrelevante. De pronto, por casualidad  se cruzó con una tienda de antigüedades que jamás había visto. Observó a su alrededor y entonces se dio cuenta; no tenía ni idea de dónde se encontraba. Las comisuras de sus labios se elevaron lentamente dejando asomar así una tímida sonrisa. Le gustaba la sensación de no saber en qué punto de su ajetreada ciudad había ido a parar. Annêlise aprovechó para entrar y ojear los artilugios de su interior. Las estanterías estaban cubiertas de objetos bañados en polvo. En muchos casos se podía advertir el paso de los años en ellos. Casi sin darse cuenta acabó acechando la bailarina de una caja de música sin melodía. Pasaron pocos minutos cuando la sensación de incomodidad la alcanzó, y al levantar los ojos Annêlise vio a un joven mirándola detenidamente. El chico enarcó la ceja. La joven se armó de valor y le devolvió la mirada con desprecio.  Tras una carcajada Shen soltó un breve:
-¿Qué? – La sonrisa de Shen iba cargada de picardía y eso Annêlise lo sabía perfectamente.
-Eso mismo digo yo. ¿Tengo monos en la cara? – Ella estaba convencida de que tras decir eso el corazón le saltaría del pecho de lo rápido que le iba, lo único que temía  es que él se percatase de sus nervios a través de la acelerada respiración.
Shen únicamente torció la cabeza hacia un lado y se limitó a sacar la lengua. Annêlise reaccionó parpadeando varias veces, suspirando y retrocediendo hacia la puerta de la tienda. Al salir a la calle el viento la asaltó e hizo levantar su falda, y esta vez la serenidad que había podido interpretar la muchacha anteriormente se convirtió en un rubor ardiente en sus mejillas. Contempló nerviosa al pelirrojo de la tienda, no la observaba y eso la tranquilizó, aunque su paz no le duró mucho puesto que él se giró de golpe y acabaron cruzando sus miradas de nuevo. Ninguno de los dos la apartó del otro. Estuvieron unos segundos estudiando sus figuras. Fue el móvil de Annêlise lo que hizo que la chica volviese al mundo real y reparase en que la tarde estaba escondiéndose para abrir paso a la noche.


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