Llueve.
El día que conocí a Sheerah
también llovía. Era un día nostálgico, parecía que el gris del tiempo quería
aposentarse en nuestros corazones y no permitirnos ver más allá de la
melancolía. Yo no quería ser ayudado, pero Sheerah era así; generosa por
naturaleza, esperanzadora como sus ojos color lima. Estaba sentado en la calle,
ella se acercó con un paraguas y lo interpuso entre las gotas y yo, se agachó
levemente para no hablarme desde las alturas y con suavidad me preguntó a qué
estaba jugando. Creo que la mandé a “dar un paseo” o por lo menos quiero creer
que fui mínimamente respetuoso. Sheerah me acarició el pelo con ganas, jugando,
quería picarme y lo logró. A continuación me invitó a algo caliente en la
cafetería de la esquina. Lo cierto es que el Molly’s parece más vacío y agrío
desde que Sheerah no está. Todo, las miradas de la gente, el sabor del café, mi
casa vacía… todo parece más amargo y oscuro desde que Sheerah no está. Todo es
peor desde que fui un capullo.
A Sheerah se le notaba de
lejos que era diferente. Incluso la gente dice que sus ojos eran demasiado
amarillos, demasiado atípicos. A mí también me lo parecía, pero Sheerah era
extranjera y yo lo atribuía a eso. No sabía yo cuánta razón tenían los otros.
Su pelo era oscuro, su mirada intensa y su sonrisa permanente, habitualmente
decorada con carmín. Su piel era nívea, suave y solía oler a ternura. Su voz
era tenue, siempre hablaba bajo como si quisiera respetar la calma del
silencio, tratando de no alterar el orden del lugar. “Si hablas alto,
despertarás a los duendes que descansan”. Sheerah adoraba la magia, los
duendes, las hadas, las brujas, los magos… Siempre me explicaba cuentos “para
dormir mejor” o cuando despertaba me encontraba con mi cuerpo lleno de runas
celtas. Ella era rara por naturaleza. Hacía cánticos extraños para darle amor a
los acontecimientos o eso decía, vestía de tal
forma que parecía que quisiera crear envidia sobre la mismísima
primavera y le encantaban las velas y farolillos. Creo recordar que nunca la
invité a vivir conmigo, lo decidió por sí misma y apenas me dio tiempo a
percatarme de lo que estaba ocurriendo. Maldita Sheerah. No la soportaba… O eso
quería creer. Pero había algo, un misterio, un secreto. Sheerah siempre
ocultaba algo. En ocasiones me la encontraba de madrugada hablando sola, como
haciendo encanterios en el salón. Al principio le proponía volver a la cama,
entonces ella me respondía con esos ojos cálidos llenos de ira. Con el tiempo
me acostumbré a acurrucarme a su lado sin objetar, observándola sin mediar
palabra. Le pregunté unas cuantas veces qué era lo que hacía esas noches, pero
ella me sonreía con cara de extrañada con la intención de hacerme sentir
absurdo, queriendo que me cuestionase mi propio interrogante; era como si
quisiera que yo entendiese que me lo había imaginado o que era demasiado obvio
lo sucedido como para explicarlo. Nunca supe cuál era su intención y puede que
ya no valga la pena darle vueltas.
Recuerdo como si fuera ayer el
día que Sheerah estaba tan alterada. Lloraba como si algo horrible le hubiera
pasado, gritaba cosas sin sentido e iba de un lado al otro de la casa, yo la
intentaba tranquilizar pero ella elevaba aún más el tono de voz si me acercaba,
así que aquel día la contemplé desde lejos. Nada tenía sentido pero eso no me
impedía seguir mirándola tratando de entender cómo funcionaba esa cabeza loca
que tenía. Tras aquel suceso traté de sentarla en el sofá a hablar conmigo, a
contarme qué ocurría y le insistí en que me explicase aquello que hacía de
madrugada. Y finalmente, me lo reveló…
Sheerah no era una humana
común, tenía ADN de dragón en sus genes. Sí, aquella chica rara era mitad
dragón. En ese momento recuerdo que quedé atónito. “Imposible. Sheerah es
imposible. ¿¡Cómo vas a ser un dragón!? Venga ya.” Sheerah se enervó como nunca
antes la había visto. Su nariz empezó a adoptar una forma rara, sus dientes
parecían tornarse más afilados y su piel dejó de parecerme suave… Estaba
mutando o cambiando o transformándose o… Hay tantos sinónimos para decir que
esa muchacha se estaba convirtiendo en un bicharraco.
-Sheerah frena, Sheerah me
estás dando miedo…¡Sheerah!- La piel de Sheerah se tornó completamente negra y
llena de escamas, de su espalda parecieron salir dos montículos que deduje que
serían alas, su pelo se asemejaba a gramos de ceniza enganchados entre sí. Ella se abalanzó sobre mí, me impidió moverme
y amenazaba con morderme. Estaba acongojado. Sentía pánico en estado puro.
Sheerah empezó a reírse y de su boca salieron
bocanadas de humo lo cual daba mucha grima.
-¿De verdad creías que iba a
hacerte daño? – Pronunció acariciándome las piernas con la cola.
-¡Y yo que sé! Igual se te
había ido la cabeza al transformarte en monstruo.
-¿Monstruo?- El rostro de
Sheerah cambió por completo, en él se reflejaba un gran sentimiento de pena
-¿De veras me consideras un monstruo? ¿Así es como me vas a ver a partir de
ahora? – Sheerah estaba a punto de echarse a llorar.
-¡Que no, mujer, que no! Yo…
yo… te he nombrado mujer ahora mismo, ¿lo ves? Para mí todo es como siempre.
-Eso es una expresión y te ha
salido de forma automática.
-Ya, bueno, permíteme
acostumbrarme a todo esto. A cualquier humano le hubiera sorprendido.
-Eres imbécil – Sheerah
parecía tremendamente ofendida.
Los
días trascendieron con sus miradas hacia a mí cargadas de odio, la casa llena
de humo de sus resoplos y la comunicación pésima. “ ¿Y si te traigo un cordero para que lo degolles?” ¿Podría una
broma de ese estilo funcionar? No, supongo que no. Decidí que ya se le pasaría.
Uno de los días posteriores salí a pasear. Cuando entré por la puerta, Sheerah
no estaba. La llamé varias veces al teléfono móvil pero no respondió. Tampoco
contestó los cuatro días siguientes, ni dio señales de vida, ni indicó a nadie
dónde iba a estar. Una mañana desperté sobresaltado por el escándalo que
alguien estaba montando al golpear mi puerta y explotar mi timbre.
-¿Quién
es?
-La
Secreta. Trabajamos para el gobierno -La Secreta en mi puerta y yo en gayumbos.
-Un
segundo que he de vestirme.
Tras
entrar me comunicaron que conocían la existencia de Sheerah, También sabían lo
que era y que solía hospedarse en mi casa. En medio de la conversación volvió a
sonar el timbre. Era María. María había sido el gran amor de mi vida. Pasamos
varios años juntos y cuando decidimos ir a vivir juntos, se fue sin dejar
rastro. Al parecer, era una de las jefas de la Secreta.
Ella
me explicó que Sheerah era un ser muy peligroso, que debían controlarla cuanto
antes y que de no poder hacerlo, tendrían que “hacerla desaparecer”, por el
tono empleado se dejaba entrever que era un eufemismo para indicar que la
matarían.
-¿Matarla?
¿Pensáis matar a Sheerah? Ella nunca
haría daño a nadie. ¡La he visto tratar a niños como ni siquiera los humanos lo
hacemos, salvar animales heridos en la calle e incluso devolver arañas a su
lugar de origen con ternura! No puede ser que Sheerah sea tan violenta como
creéis. ¡No la conocéis!
-Ni
tú tampoco. Dime, ¿cuánto tiempo ha estado aquí ella? Probablemente está
fingiendo para que confíes en ella y luego utilizarte o incluso puede que
comerte. ¿Has oído lo que hacen las serpientes? En muchas ocasiones se acuestan
en la cama de sus dueños estiradas completamente. Algunos lo consideran un
hecho entrañable cuando lo que verdaderamente está haciendo el animal es
tomando las medidas para comérselo, los dragones son familia de las serpientes.
-No
sé, María… No es que no te crea, es que es un tema delicado – María indicó al
resto de agentes que se marchasen, que quería hablar conmigo a solas. En cuestión
de segundos, ella, mi dulce María, la persona por la que más he llorado y la
que más he querido, estaba sentada frente a mí, tratando de convencerme para,
no nos engañemos, matar a Sheerah.
María me indicó que podrían
pagarme millones, que obtendría una lujosa y enorme casa cerca del mar, que
nunca me faltaría de nada. Incluso me insinuó que podría volver a intentarlo
conmigo. Empecé una botella de vino. Casi sin darme cuenta, acabé haciendo el
amor con ella, reviviendo recuerdos, sintiéndola cerca y engañándome al decirme
que era como si el tiempo no hubiera fluido entre nosotros.
María insistió en que esto
podría ser nuestra realidad. Ella, yo, una casa enorme, todo el tiempo del
mundo, permitiéndonos toda clase de lujos… Si realmente Dios existiese, se
avergonzaría de verme disfrutar con el pensamiento teñido de lujuria y avaricia
que contenía aquello que la mujer me expresaba. El plan parecía sencillo:
entregar a Sheerah y vivir por lo tanto
a cuerpo de rey. ¿Quién iba a resistirse a eso? Alguien con la moralidad alta,
supongo. Alguien imbécil. Desde luego, ese alguien no era yo. María insistió
mucho en lo crueles y despiadados que eran los dragones, remarcó que eran seres
que no deberían existir en este planeta, que los humanos debíamos ser los todo-poderosos
y que el resto de especies debían someterse a nosotros. Era un discurso
atractivo y bien planteado, completamente opuesto a los que Sheerah me solía
ofrecer. La mujer dragón era pro-vida. Solía soltarme inacabables sermones
sobre la igualdad entre especies, la defensa de los más débiles y la
comunicación para que las guerras dejen de existir. Sheerah, amiga, ¿de qué te
servirá tu comunicación cuando estos humanos te tengan atada de pies y brazos?
María no tardó demasiado en
irse y dejarme solo en casa. Un estruendo acaparó mi atención, provenía de las
habitaciones. Cuando entré mi primera visión fue una bola negra y roja posada
en el suelo. “¿Sheerah? ¿Eres tú?”. Me aproximé para ver de cerca qué ocurría y
cuando estuve a punto de tocarla, noté un dolor puntiagudo en mi mano. Me
aparté de golpe y me descubrí cuatro arañazos bastante profundos en ésta. Mi
pulso temblaba. Sheerah se desplegó quedando estirada en el suelo. Tenía una
gran herida a la altura del estómago, de ahí provenía la sangre que le había
dado un aspecto carmesí cuando estaba replegada sobre sí misma.
-¡Estás
herida!
-Déjame
en paz… - A Sheerah le costaba respirar. Tosía y de su boca salían gotas
escarlata. Su aspecto era tan débil que me asombraba. Jamás creí que tendría la
desfortuna de observarla tan apagada. Aun así, para mi sorpresa, me parecía
preciosa envuelta en su armadura de color carbón; su propia piel.
-Deberíamos
tratar esa herida
-Que
te calles, humano- en ese instante, las palabras de María sobre las serpientes
resonaban en mi cabeza. Debía tener razón sobre los dragones.
Sheerah,
al comprobar que no obtenía respuesta decidió proseguir con el discurso.
-Perdona.
No debería haberte hablado así. Estoy bastante cansada.
-Y
herida.
-Y
herida. No tengo ganas de hablar. Sanaré por mi propia cuenta, no necesito la
ayuda de herramientas humanas. Gracias por tu preocupación, de todos modos.
-De
acuerdo. Te dejo sola, pues, estaré en el salón. Avísame si necesitas algo.
-Lo
haré, gracias.
Tras esa conversación, Sheerah
se encerró en la habitación, atrancó la puerta y no volví a saber nada de ella
en tres días. Durante esos días me dediqué a reflexionar sobre cuál era la
mejor opción. ¿Debía entregar a Sheerah? ¿Sería eso un comportamiento
desalmado? Finalmente llegué a una conclusión. Cogí mi móvil y escribí un
mensaje a María. “Está aquí”. Por un instante, dudé. Si enviaba ese texto,
Sheerah moriría y yo sería su asesino. Cerré los ojos tratando de reflexionar
sobre qué era lo correcto. Por un lado, la voz del pequeño Will me recordaba
que Sheerah era buena persona, Will era un niño al que Sheerah adoraba y
trataba como su hermano pequeño. Siempre tenía detalles con él, lo cuidaba como
si fuera la única persona en la faz de la tierra capacitada para hacerlo y lo
mimaba aún más de lo que cuidaba al resto del mundo. Por el otro, las escenas
de la noche vivida con María me nublaban el sentido del raciocinio. Le di a
enviar. El hecho de pensar que María volvería conmigo podía sobre cualquier
sentido de la moral. Fueron segundos lo que tardé en obtener respuesta. “En
media hora estamos allí”. Cobarde de mí, salí de la casa. No quería oír los
gritos de Sheerah cuando se la llevasen o la matasen. Mis manos no se llenarían
de su sangre, pero era el verdadero culpable del crimen. Era el traidor.
Fuera de la casa me senté en
un banco contemplándola de lejos. Vi como los agentes de la Secreta entraban en
ella e invadían mi espacio. “Sheerah… ¿Has sanado ya?” Vi como María también
apreciaba el espectáculo desde fuera. Sin saber bien cómo lo hicieron, de la
nada surgió una esfera blanca que envolvía mi supuesto hogar. “Sheerah”. Al
principio no se veía nada salvo la esfera, pero pocos segundos más tarde, las
llamas daban un tono cálido a la burbuja nívea. “Sheerah”. Unos hombres salieron
de la casa, uno de ellos cojeaba, otro
se apoyaba en un compañero y al llegar a la esfera, me percaté de que
presionaban hacia fuera pero no podían salir. ¿Y ese globo de quién era? ¿Sería
de Sheerah? ¿De los de la Secreta? Me aproximé a María para ver si ella tenía
información.
María no me respondió. Se
limitaba a observar con expresión hierática. Traté de cogerla del brazo pero me
dio un codazo. En ese momento se fijó en que tenía unas heridas en la mano, los
arañazos que Sheerah me hizo. “¿Ves como es un monstruo?” Susurró sin mirarme demasiado. Yo seguía
intrigado por el conflicto que se había generado en mi casa. Finalmente, la
burbuja se desvaneció. En ese instante vi a Sheerah llena de cuerdas, con
varios puñales clavados en su cuerpo y siendo disparada desde diferentes
ángulos. Puedo jurar que casi pude sentir como se me paraba el corazón a la vez
que mis ojos se empañaban en lágrimas. “Sheerah”. La dragona luchaba por
liberarse mientras rugía. Tanto los gritos de dolor como los disparos se oían
por todo el vecindario. Algunos vecinos
se aproximaron a comprobar qué sucedía, entre ellos, el pequeño Will. El niño
luchaba contra los brazos de su madre para ir a rescatar a Sheerah. Sollozaba y
lloraba a borbotones. Margaret, la dueña del Molly, también lloraba, sin
embargo no hizo el amago de acercarse. “¡Sheerah!” grité. “¡Sheerah libérate!
¡Préndeles fuego!”. María no hizo ningún comentario. Ni siquiera me miró.
Intenté aproximarme pero la chica me cogió del brazo con fuerza impidiéndomelo.
“Si te acercas, te pego un tiro”, me dijo. “¿Qué he hecho?” me uní al llanto de
Will. Sheerah forcejeaba tratando de lanzar bolas de fuego, estaba muy herida y
a sus enemigos no parecía hacerles nada el elemento ardiente. “Sheerah, Sheerah…”. Sheerah rugía en forma
de lamento. La culpa se apoderó de mí y salí corriendo hacia ella. “Sheerah, ha
sido culpa mía, yo les he dicho donde estabas. Sheerah, lo siento, lo siento
muchísimo”. María me disparó en la
pierna y dejé de correr. La dragona no respondía, solo lloraba. Dejó de luchar
y poco a poco se fue transformando de nuevo en humana. “Déjame hablar con ella”
le indiqué a María, “por favor, por favor”. La chica inexpresiva me hizo un
gesto con la cabeza queriendo decir que hiciese y me aproximé a Sheerah. La dragona
se había convertido completamente en humana. Los agentes habían dejado de
disparar pero Sheerah se mostraba llena de perforaciones por todo el cuerpo.
Las balas que la habían atravesado eran de oro. Miré a uno de los policías
enseñándole una bala, éste me respondió gritando que ese es el único metal
capaz de herir un dragón.
-Sheerah
yo…
-Cá-cállate,
humano.
-Lo
siento, todo es culpa mía, lo siento, lo siento muchísimo.
-Pero…
¿por qué?
-Fui
imbécil y egoísta. Te traicioné.
Sheerah
cerró los ojos. “No, Sheerah no me dejes, Sheerah por favor quédate”. No me
entendía. Yo había provocado todo eso a consciencia, yo había llamado a María,
yo había decidido hacía apenas unas horas que este era el destino que escogía
para ella, yo la había matado y ahora… Ahora lloraba. Ahora me arrepentía.
Tenía a Sheerah desangrándose entre mis manos. Al parecer, sí había manchado
mis manos de sangre, de su sangre. “Sheerah, vamos, eres una dragona, no puedes
morir, no puedes morir”. La semi-dragona respiraba con dificultades. Había
cerrado los ojos y no parecía que fuera a abrirlos de nuevo. Y Sheerah dejó de
respirar. El mundo se paralizó para mí en ese instante. Los agentes me dieron
órdenes de alejarme del cuerpo inerte de la dragona pero mi cuerpo no me
respondía. Entre varios me sacaron del escenario. Me alejaron de la casa y
mientras lo hacían yo miraba a María. Ésta no me devolvió la mirada. El pequeño
Will vino hacia a mí y empezó a pegarme. “¿Qué has hecho? ¿Por qué narices lo
has hecho? ¿Quién te has creído que eres?”. La ira y el odio se habían apoderado del niño y nadie lo detuvo,
y yo tampoco quería que parase.
~
-Debería
haber apostado por este final.
-Disculpa,
¿y tú eres?
-Un
agente de la Secreta. También un leprechaun.
-¿Perdón?
-Una
especie de duende. ¿Qué harás ahora que lo sabes, entregarme a estos viles como
hiciste con Sheerah?
-¿Me
estás juzgando?
-Pues
claro que lo estoy haciendo. Pero no te preocupes. Eres humano. Los humanos
sois así. Egoístas, traicioneros, mentirosos, despreocupados, crueles… Está en
vuestra naturaleza. La gran mayoría sois así. Por eso te comentaba que debería
haber apostado.
-Igual
sí debería entregarte.
-Atrévete.
Los dragones son seres nobles; luchan por los que quieren, se esfuerzan en
promover la paz, tienen el corazón puro, siempre ayudan a todo el mundo incluso
a sabiendas de que ese individuo al que tiende la mano se la puede arrancar en
cualquier momento. Pero así son los dragones, seres dignos, no como los humanos
o los leprechaun. Porque sí, yo soy igual que tú, humano miserable, tengo la
pura maldad corriéndome por las venas – Sentí una punzada de dolor que me
destrozó por dentro. Me dolía mucho el pecho y sentía retortijones en el
estómago.
-No
es eso lo que he oído decir sobre los dragones.
-Y
qué te van a decir los que son como tú. ¿Sabes por qué han matado a Sheerah?
-Porque
es peligrosa.
-Para
estudiarla. La han matado para llevarla a los laboratorios y ver cómo vosotros
podéis beneficiaros de esa especie que es, de lejos, superior a la vuestra.
Probablemente intenten mezclar la genética de Sheerah con alguna otra persona o
algo así y poder crear humanoides alados o escupe-fuegos, puede que incluso lo
que busquen sean sus escamas capaces de soportar las balas comunes.
-No
puede ser. Mientes.
-¿Que
yo miento? Mira, estúpido, te estás tratando de autoengañar porque no asimilas
el gesto tan despiadado que acabas de realizar. Yo no colaboraré en tu búsqueda
de la autocompasión, porque, je, no soy un dragón. Te diría que pidieses ayuda
a Sheerah para ello pero fíjate tú que va a ser imposible porque la has matado.
Pero bueno… Por cierto, ¿sabes qué se me ha ocurrido? Ya que no pude apostar
por la muerte de Sheerah, haré otra apuesta. Me apuesto 600 pavos a que María
se olvida de ti- Tras ese último comentario, el leprechaun marchó riendo.
Pasaron
semanas y no volví a saber nada ni de María, ni del leprechaun. La historia
pareció quedar atrás. Yo lo prefería. Estaba ocupado preparando el papeleo y
las cajas de la mudanza. No quería volver a aquella casa que se veía tan
solitaria y llena de dolor. Quería dejarlo todo atrás, volver a empezar,
olvidarlo todo y sobre todo, olvidar a Sheerah.
Hoy
llueve. Es el último domingo del mes y
como cada domingo, vengo de visita a mi antigua ciudad. Los parques están
vacíos, por las calles a penas deambulan algunas personas con los rostros
largos y a lo lejos vislumbro la que fue mi antigua casa. Los nuevos dueños la
han redecorado; la fachada es distinta, han plantado flores en aquel jardín que
yo tenía descuidado y hay algunos gnomos. Reí. “¿Seréis leprechauns? ¿Hadas
quizás? ¿Alguna especie de bruja que vende pócimas extrañas a los niños para
que duerman en paz o tengan pesadillas?”.
Sigo
paseando. El Molly’s parece más muerto que nunca y en días como hoy me parece
oír un rugido provenir de entre las gotas que parece decirme
que Sheerah no me ha perdonado.
Una
historia de Nye Lynn.
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