miércoles, 24 de julio de 2013

Perdido.

Lo tenía todo. Todo lo que cualquier hombre desearía. Paseaba con su sombrero de copa y su bastón de empuñadura de oro por todas las calles de Barcelona. La oscuridad de la noche escondía su sonrisa malévola al pensar que aquéllos que lo contemplaban ardían de envidia. Caminaba con la cabeza bien alta, mostrándose firme y seguro de sí mismo. Las mujeres se rendían a sus pies con el fin de heredar tarde o temprano la fortuna del señor, o simplemente disfrutarla mientras él aún estuviera en vida. Él ignoraba a esas arpías aprovechadas, se centraba en flirteos y compañías de una noche, la mayoría, pagadas. Sus conocidos le admiraban y pretendían seguir sus pasos en vano. Belleza, dinero, compañía, buena vida... Era lo que todas las cabezas huecas anhelaban, creían que con ello serían felices. Él se reía de ellos. ¿Feliz? Paseando acabó en aquel restaurante. Lo contempló. Se plasmó frente a la ventana e indiscretamente resiguió todas las figuras de los presentes. Muchos le devolvieron la mirada, él no se inmutó. Al final halló lo que andaba buscando. Llevaba un vestido verde esmeralda que combinaba bien con su pelo carmesí. Los labios cubiertos del color de la sangre  reflejaban la más dócil de las sonrisas dirigida a su acompañante.
 El hombre, que siempre había confiado en sí mismo, se sentía perdido y confuso y una vez más, resiguió los pasos del camino que le conducían a su hogar, o por lo menos lo que debía serlo. La firmeza que le caracterizaba se transformó en un  rostro desolado y movimientos anonadados, acompañados por una expresión cabizbaja. Como de costumbre, pagaría una prostituta para no pasar la noche solo y su estómago rebosaría de alcohol. Los de su alrededor ansiaban poseer lo que en sus manos estaba. Creían que podrían ser felices gozando de los bienes que él contemplaba, conseguía y obsequiaba, todo lo que para él, no eran más que memeces. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario